Salto Grande: mentiras que agravian *

La Represa Salto Grande y los daños ambientales que causa. Nota escrita en Septiembre de 2017.-

* Nota escrita en Septiembre de 2017.-

La Comisión Técnica Mixta de Salto Grande – CTM, administradora de la central hidroeléctrica del mismo nombre, difunde profusamente un pomposo spot publicitario que termina diciendo: “Salto Grande: producimos energía cuidando el ambiente y la biodiversidad”.

La verdad que si no fuera una publicidad paga que se emite por los medios de comunicación, lo tomaría como un chiste de muy mal gusto. ¿Y porque digo esto? Porque a los responsables de idear, proyectar, ejecutar y administrar la represa de Salto Grande en nombre de los Estados argentino y uruguayo, no les alcanzarán el resto de sus vidas para redimirse del inconmensurable desastre que sobre el medio ambiente han causado con dicha obra.

Recuerdo cuando niño íbamos con mis padres, hermanos, tíos, primos y abuelos a pasar los días de Navidad y Año Nuevo a orillas del Río Uruguay, en cuya ribera se extendía una exuberante vegetación de unos 50 y hasta 100 metros de la orilla, con frondosos –y seguramente centenarios- árboles en medio de una vegetación boscosa única en la zona, que nos resultaba atrapante por la biodiversidad que ella albergaba.

Recuerdo también como disfrutábamos de los famosos “puertos”, lugares de acampes perfecta y naturalmente establecidos producto de una topografía bien definida y dominada por el majestuoso monte ribereño y un río que corría mansamente por su cauce natural… Recuerdo también que cuando decidíamos pescar, pescábamos fácilmente porque la fauna íctica era abundante y variada.

Bueno, de eso no ha quedado absolutamente nada… por lo menos desde Concordia (E.R.) donde está la represa hasta la ciudad de Monte Caseros (Corrientes) donde llega los efectos del embalse, en un recorrido aproximado de 150 kilómetros y a ambos lados del río la destrucción ha sido total. Ahí han quedado durante años los troncos de los árboles muriéndose en pié como testigos silenciosos de un ecocidio bochornoso. Casi 40 años después, todavía quedan algunos restos casi petrificados como para removernos las heridas de aquellos que nos angustiamos por su lamentable destrucción.

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En primer plano, un tronco de un árbol añoso… En segundo plano, un cementerio de troncos de lo que alguna vez fue una exuberante vegetación a orillas del Río Uruguay. Foto: Gentileza de Silvia Poletti.

También están las consecuencias socio-económicas que trajo aparejadas la represa, como las inundaciones que sufren ciudades como Concordia –quizás la más damnificada- producto de los manejos de los volúmenes de agua que debe hacer la represa en los momentos de crecientes por las lluvias que se producen en el norte y por el propio manejo que hacen cada una de las diez represas que existen sobre la cuenca del río Uruguay.

Un caso emblemático lo constituyó la ciudad de Federación, que debió ser íntegramente trasladada a otro sitio y que –más allá de la pujanza actual producto del atractivo turístico nacional que tienen las aguas termales de la nueva Federación- la demolición de la antigua ciudad que vio desaparecer sus ruinas bajo el lago, significó un trauma social para toda una generación de vecinos muchos de los cuales aún sobrellevan la carga emocional de aquella angustia.

Ahí también están los ribereños, que sufren en sus propiedades los efectos de la inundación del lago, mendigando indemnizaciones que llegan a cuentagotas y mal pagas y sin contar hasta la fecha con un sistema indemnizatorio claro y previsible para cuando suceden las inundaciones extraordinarias, que –producto del cambio climático- son cada vez más recurrentes.

Como la nobleza obliga, cabe recordar que la CTM destina parte de sus excedentes a financiar obras de infraestructura en la zona afectada por la represa para –de ese modo- compensar económicamente a la región por los daños causados, pero que lejos está de mitigar siquiera en parte el desastre ecológico que generó y sigue generando Salto Grande.

Muchos podrán “maravillarse” con esta colosal obra de la ingeniería civil y los indudables “beneficios” que en términos de suministro de energía eléctrica brinda, pero –lamentablemente- pocos somos los que reparamos en el costo que en términos de consecuencias sociales, económicas y ambientales nos ha dejado. La huella ecológica no cuenta para los embelesados por el llamado “progreso”.

Es lindo apretar una perilla y tener luz y disponer de acondicionadores de aire, calefactores y todo tipos de artefactos del hogar activados por electricidad, pero tenemos que ser muy conscientes que –en virtud de estas matrices energéticas alimentadas fundamentalmente por centrales hidroeléctricas- dicho confort es a costa de la destrucción de buena parte de la naturaleza, contribuyendo de ese modo al calentamiento global que –no por menospreciado, tanto por los líderes mundiales como por buena parte de la humanidad- deja de ser una amenaza creciente para la vida misma en este planeta.

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Resto de un árbol seguramente centenario, sepultado -como otros cientos de miles- bajo las aguas del Río Uruguay. Foto: Gentileza de Silvia Poletti.

A Salto Grande no le alcanzará toda su vida útil para reparar y redimirse de los daños ambientales causados; así que, en lugar de difundir ese slogan publicitario de mal gusto de que está “…produciendo energía cuidando el ambiente y la biodiversidad” (porque además no explica en qué consiste eso, que para mí simple y burda es retórica), sería bueno que guardara un prudente silencio antes que decir mentiras que agravian el sentido común y los sentimientos de aquellos que todavía sufrimos por la destrucción que –del medio ambiente- hizo y sigue haciendo la represa de Salto Grande.

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José Luis Siviero
José Luis Siviero

Rebelde sin pausa, Ecologista y apasionado por la Naturaleza y la Vida Rural.
Despunto el vicio de escribir.

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